Los Rieles del Abismo Verde

El crujido del puente de madera resonó en las piernas de Diego como un aviso mortal. Bajo sus pies, los barrotes podridos cediían dos centímetros con cada paso, mientras la neblina verdosa de la selva espesa devoraba todo a más de tres metros de distancia. Sostenía la linterna con la mano izquierda, congelada por el rocío helado, y el machete oxidado con la derecha. Un paso en falso y caería por el barranco invisible hacia las rocas del río subterráneo que retumbaba en el fondo del cañón.

Había corrido durante veinte minutos sin mirar atrás desde que la avioneta postal se estrellara en el filo de la ladera. Los motores quemados aún despedían un humo denso y sofocante al otro lado de la hondonada, pero la jungla ya estaba reclamando el fuselaje con ramas gruesas y espinosas que crecían a una velocidad anormal. Lo que Diego llevaba en el morral militar cruzado a su pecho era la única razón para seguir respirando: tres cilindros de duraluminio sellados al vacío, rescatados de la caja fuerte del piloto antes de que la cabina fuera aplastada por el impacto.

Al pisar el último tablón del puente, este cedió por completo, cayendo al vacío en una serie de chasquidos secos. Diego saltó hacia adelante y rodó sobre la tierra húmeda, raspándose las rodillas contra la grava de un antiguo terraplén.

Al levantarse y sacudirse el barro, la luz de su linterna reveló dos rieles de acero descolorido y cubiertos de musgo espeso que se internaban en la vegetación. No figuraban en ningún mapa de la zona. Los rieles eran demasiado anchos para una mina convencional y estaban colocados sobre durmientes de piedra tallada a mano, tallados con trazos rectos e inclinados que recordaban a un grabado industrial del siglo pasado.

El crujido de las ramas rotas al otro lado del desfiladero le recordó que no estaba solo en la montaña. Algo pesado, de varias toneladas, se abría paso lentamente entre la maleza, masticando los troncos secos con un sonido similar al de un engranaje de molino funcionando sin aceite.

Sin dudarlo, Diego echó a correr siguiendo la línea férrea hacia la penumbra de la selva.

A medida que avanzaba, la humedad se volvía más densa y pesada. Los rieles penetraban en un corte artificial en la roca viva, una trinchera tan estrecha que sus hombros rozaban periódicamente los muros cubiertos de heléchos carnívoros. Las hojas rozaban su rostro dejando un rastro de savia viscosa que picaba al contacto con la piel.

A medio kilómetro del puente destruido, los rieles desembocaron en una estación abandonada cortada directamente en la falda del cerro. La estructura era un hangar enorme de láminas de hierro galvanizado cubierto casi por completo por enredaderas de flores anaranjadas que emitían un zumbido sordo y constante. En el centro del hangar descansaba una vagoneta de inspección de calderas, una máquina impulsada por un motor de pistón expuesto y una palanca manual de tracción.

Diego se acercó a la máquina y apoyó la linterna sobre el capó de hierro. Revisó el tanque de combustible: aún contenía una mezcla grasienta de queroseno y alcohol de madera que olía a resina quemada. En el salpicadero había una serie de manómetros de bronce con las agujas congeladas en valores críticos.

Sabiendo que la criatura del barranco no tardaría en bordear la hondonada por la vertiente norte, Diego buscó la manivela de arranque en el suelo de la vagoneta. La encajó en la parte frontal del bloque del motor y la giró con todas las fuerzas que le quedaban en los brazos.

El primer intento solo produjo un chasquido seco y un escape de vapor por la válvula de alivio. El segundo intento hizo retumbar el hangar, lanzando una llamarada azul por el tubo de escape que iluminó las vigas del techo, llenas de nidos masivos de avispas ciegas. Al tercer tironazo, el motor cobró vida con un rítmico y ensordecedor pum-pum-pum que hizo vibrar las chapas de hierro del suelo.

Diego saltó a la plataforma de la vagoneta justo cuando la pared trasera del hangar colapsó hacia adentro. Entre la niebla y la vegetación aplastada surgió la masa rojiza de la bestia de la ladera: un enorme herbívoro mutado, de piel blindada por placas de queratina calcificada y patas tubulares gruesas como troncos de roble. No tenía ojos, sino una serie de fosas térmicas a los lados de su enorme testa en forma de pala.

Empujó la palanca de embrague hacia adelante con fuerza. Las ruedas de la vagoneta patinaron sobre el musgo acumulado en las vías, echando chispas amarillas que encendieron la hierba seca, hasta que finalmente encontraron agarre. La máquina aceleró torpemente, saliendo disparada por el extremo opuesto del hangar y adentrándose en un túnel oscuro excavado en el corazón de la montaña.

La bestia bramó detrás de él, un sonido sordo que hizo temblar el techo del túnel y desprender fragmentos de estalactitas de roca calcárea. Durante varios cientos de metros, el animal persiguió la vagoneta, haciendo retumbar las paredes del subterráneo, pero la máquina aumentó de velocidad a medida que la pendiente del túnel comenzaba a descender de forma pronunciada.

El túnel no era una simple cúpula de piedra. A ambos lados, la luz de la linterna y los destellos del escape del motor dejaban ver compuertas de hierro fundido, señaladas con números romanos tallados con cincel y granates incrustados en la piedra como reflectores. Diego tuvo que agacharse bajo el nivel del salpicadero para evitar que los cables de telégrafo caídos, que colgaban del techo como serpientes muertas, lo decapitaran.

El aire dentro de la montaña era extrañamente cálido y seco. Olía a azufre, alquitrán fresco y aceite mineral. Tras diez minutos de veloz descenso en la oscuridad, la vía se abrió a una gigantesca cantera subterránea iluminada por una red de pozos de ventilación verticales que conectaban con la superficie. La luz de la luna llena penetraba por estos tragaluces en gruesos haces azules que cortaban el polvo en suspensión.

En el centro de la cantera se levantaba una refinería de procesamiento de níquel que había quedado sepultada o dejada en el olvido décadas atrás. Docenas de vagonetas similares a la suya yacían volcadas a los lados del camino, algunas llenas de mineral bruto, otras convertidas en refugios improvisados con láminas de tela embreada.

Diego aminoró la marcha accionando el freno de pie, una barra de hierro que presionaba directamente contra las ruedas traseras. La vagoneta se detuvo con un chillido agudo frente a la plataforma principal de la refinería.

Descendió de la máquina con el machete listo y el morral bien sujeto a la espalda. El silencio de la cantera era aplastante, interrumpido únicamente por el goteo de agua tibia procedente de una tubería rota en el techo y el crepitar del motor de la vagoneta al enfriarse.

Caminó hacia la oficina central de la instalación, una caseta de madera reforzada con vigas de roble construida sobre pilotes. Al subir las escaleras de madera, las tablas crujieron suavemente под su peso. La puerta estaba entreabierta, retenida por una mesa volcados en el interior.

Dentro de la estancia, sobre un escritorio cubierto de mapas topográficos dibujados en tinta china, descansaba un transmisor de radio de onda corta con válvulas de vacío que aún emitía un leve zumbido eléctrico. Junto al aparato, un cuaderno de bitácora con pastas de cuero yacía abierto en la última página redactada.

Diego se acercó al escritorio y bajó la luz de la linterna sobre el papel amarillo. La caligrafía era precisa, trazada con pluma estilográfica:

«14 de mayo. El nivel del agua en el pozo tres ha bajado dos metros. La flora de la superficie está invadiendo los conductos de ventilación del nivel inferior. Si la avioneta de suministros no llega antes del viernes, tendremos que evacuar el material cargado en los cilindros por la ruta del río. El espécimen blindado sigue rodeando la cresta exterior.»

Diego abrió el morral y sacó los tres cilindros de duraluminio. Encajaban perfectamente en las tres cavidades cilíndricas talladas en la base del transmisor de radio. Al introducir el tercero, un relé interno hizo clack, y la aguja del voltímetro central saltó de cero al fondo de la escala verde.

Una luz blanca y fija se encendió en el panel del radio. Instantes después, un altavoz de cuerno situado en la pared comenzó a emitir un tono continuo y claro, una señal de socorro codificada que rebotaba por los pozos de ventilación hacia el cielo nocturno.

Diego caminó hacia la ventana de la oficina que daba a la cantera. A lo lejos, en el extremo del túnel por el que había llegado, vio cómo la niebla verde de la selva volvía a filtrarse lentamente por la vía del tren. Sin embargo, el aire seco de la refinería contenía la vegetación en el borde del túnel, quemando las hojas al menor contacto con el polvo azufrado de la cantera.

Se sentó en una caja de herramientas de madera junto al transmisor, colocó el machete sobre sus rodillas y sacó del bolsillo una pequeña lata de raciones de emergencia. Mientras el tono de la radio resonaba en la cueva, Diego supo que tendría que esperar allí hasta el amanecer para saber si la señal había cruzado las montañas, o si la montaña misma terminaría por tragar los rieles antes de que llegara la ayuda.

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