Lección sobre dos ruedas

El eco de las risas de los acompañantes de Rodrigo aún resonaba sobre el pavimento. Rodrigo, ajustándose las gafas de sol con una sonrisa condescendiente, daba palmaditas sobre el tanque de combustible de la deportiva negra.

—Más de lo que tú podrías pagar, pobre —repitió Rodrigo, inflando el pecho frente a Mateo.

Mateo no se inmutó. Guardó el teléfono con el que acababa de grabar la escena y, lentamente, sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño control remoto de aluminio pulido. Presionó el botón central.

Un pitido agudo rompió el aire y los faros LED de la motocicleta parpadearon dos veces. Instantes después, el motor rugió con un ronroneo profundo sin que nadie hubiera tocado el encendido. La sonrisa de Rodrigo se congeló en un gesto ridículo. Sus dos amigos dejaron de reírse de golpe, mirando alternadamente a Mateo, a la moto y a Rodrigo.

—¿Qué… qué le hiciste? —balbuceó Rodrigo, dando un paso atrás.

—Dije que era mía porque la pagué esta mañana —respondió Mateo con voz tranquila—. Pero no vine a presumir la moto, Rodrigo. Vine porque tu papá me pidió que te entregara esto.

Mateo sacó un sobre de papel kraft de su mochila y se lo extendió. Rodrigo lo tomó con manos temblorosas. Al abrirlo, no encontró un recibo de compra ni las llaves de la motocicleta, sino un juego de planos arquitectónicos y un contrato de cesión de derechos sobre la concesionaria más grande del sector automotriz de la ciudad.

—Tu familia no está en bancarrota, Rodrigo, como te hicieron creer este último mes —continuó Mateo mientras se acomodaba sobre el asiento de la motocicleta y tomaba el manubrio—. Todo esto fue una prueba organizada por tu padre. Él quería saber cómo tratabas a las personas cuando pensabas que lo habías perdido todo… o cuando creías que tenías más que los demás.

El rostro de Rodrigo se descoloró por completo. Sus acompañantes, al percibir que la dinámica de poder había cambiado drásticamente, comenzaron a retroceder disimuladamente hasta alejarse por la avenida.

—¿Y tú quién eres realmente? —preguntó Rodrigo, sosteniendo los papeles contra su chaqueta de cuero.

—Soy el nuevo auditor de la empresa de tu familia. Y, desde hoy, el dueño del vehículo en el que pensabas impresionar a todos —Mateo se colocó el casco, encajó la primera velocidad y miró a Rodrigo antes de subir el visor—. Tu papá te espera en la oficina central. Tienes una cita para empezar desde abajo, en el área de limpieza. Si realmente quieres ganarte una moto como esta, sugiero que no llegues tarde.

Mateo aceleró, dejando atrás a Rodrigo solo en medio de la explanada de los edificios corporativos, sosteniendo un sobre que pesaba mucho más que su orgullo.

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