El silencio en el altar era tan denso que podía cortarse con un bisturí. La pantalla del teléfono de Mateo aún brillaba con la notificación fatal: Inyección de capital cancelada. Declaración de quiebra inminente. Mateo sintió que la sangre se le helaba en las venas. La sonrisa de suficiencia que lucía hacía apenas unos segundos se evaporó de su rostro, dejando una máscara de espanto. A su lado, Sofía, su amante y supuesta mejor amiga de la novia, soltó el brazo del joven con brusquedad, dando un paso atrás como si Mateo estuviera contagiado de una peste letal.
—¿Qué… qué significa esto? —tartamudeó Mateo, levantando los ojos con desesperación hacia Elena—. Elena, mi amor… ¿qué acabas de hacer?
Elena se limpió la lágrima con la yema del dedo índice, un gesto lento y deliberado. Ya no había rastro de la mujer frágil y desolada de hacía un momento. Sus ojos oscuros, antes empañados por la traición, ahora ardían con una determinación fría como el hielo.
—No me llames «mi amor», Mateo —dijo ella, con una voz extrañamente pausada que resonó por toda la capilla decorada con orquídeas blancas—. Te dije que cuando regresara de Europa las cosas cambiarían. Pensaste que mientras yo estaba fuera encargándome de los negocios de mi padre, podrías jugar a dos bandas. Pensaste que mi familia era tu boleto de oro para salvar el conglomerado de tu padre de los fondos buitre.
—¡Elena, estás cometiendo un error! —interrumpió Sofía, tratando de recuperar la compostura mientras se ajustaba el vestido de seda dorada—. Mateo y yo… esto fue un malentendido. Él te ama a ti. ¡Estábamos ensayando la entrega de los anillos!
Elena soltó una carcajada seca, desprovista de todo humor.
—Guárdate la actuación, Sofía. Los vi por las cámaras de seguridad del vestíbulo antes de entrar a la nave central. Y los escuché perfectamente. Creyeron que la heredera ciega de amor no se daría cuenta. Pero mi padre no construyó un imperio de cincuenta millones de dólares siendo ingenuo, y yo tampoco.
Mateo dio un paso hacia ella, dejando caer el estuche del anillo al suelo de mármol. El diamante resplandeció bajo las luces del techo, inútil y desprovisto de valor.
—Elena, por favor… Si la inyección de capital no entra hoy antes de las cuatro de la tarde, la junta directiva me quitará el control de la empresa. Mi familia quedará en la calle. No puedes hacerme esto en nuestro día de boda.
—No soy yo quien te lo está haciendo, Mateo. Fuiste tú quien decidió firmar la cláusula de fidelidad corporativa el mes pasado —respondió Elena, dando un paso hacia atrás para alejarse de él—. Ese contrato estipulaba que el fondo de inversión de mi familia estaba sujeto a la integridad moral de la alianza de ambas firmas. Rompiste el acuerdo en el momento en que le pusiste ese anillo en el dedo a Sofía.
En ese instante, la enorme puerta doble de roble al fondo de la iglesia se abrió de par en par. Dos hombres maduros vestiduras impecables en trajes oscuros entraron, acompañados por un par de oficiales de la policía corporativa y un abogado portando un maletín de cuero rígido. Era Don Aurelio, el padre de Elena, caminando con paso firme a pesar de su avanzada edad, flanqueado por el asesor legal de la familia.
—Papá… —susurró Elena, buscando la mirada de su padre.
—Hiciste lo correcto, hija mía —dijo Aurelio, deteniéndose junto a ella y colocándole una mano protectora sobre el hombro encaje—. La lealtad no se negocia.
El abogado sacó una serie de documentos firmados e impresos y se los tendió directamente a Mateo, cuyo rostro había adquirido un tono ceniciento.
—Señor Mateo —declaró el abogado con firmeza—, a partir de este segundo, la junta directiva del Holding Inmobiliario ha sido notificada de la rescisión unilateral del contrato de rescate. Asimismo, hemos presentado una demanda por fraude en perjuicio de la señorita Elena y apropiación indebida de activos confidenciales. Las cuentas de su firma han sido congeladas preventivamente.
—¡Esto es una emboscada! —gritó Mateo, fuera de sí, mirando fijamente a Sofía—. ¡Tú me dijiste que ella no sabía nada! ¡Tú dijiste que el viaje a Europa la mantendría desconectada hasta que firmáramos el acta matrimonial!
Sofía dio dos pasos hacia la salida, mirando aterrada a los oficiales de policía. —A mí no me involucres en tus problemas financieros, Mateo. Yo solo vine como dama de honor.
—¿Dama de honor? —intervino Elena, sacando un pequeño dispositivo de memoria de la bolsa interior de su vestido de novia—. ¿O consultora infiltrada para la competencia? Sofía, sé muy bien quién pagó tus pasajes a Ginebra el mes pasado. Sé qué firma rival te estaba transfiriendo sumas mensuales para filtrar las auditorías de la empresa de mi padre. Creíste que usando a Mateo para arruinar mi vida personal podrías desestabilizar a la familia y forzar la venta de las acciones.
Sofía se congeló en su lugar. La palidez de su rostro revelaba que Elena había dado exactamente en el blanco.
—El juego se terminó para los dos —continuó Elena, caminando lentamente hacia la salida de la capilla. Se detuvo justo frente a la gran arcada floral, quitándose el velo de tul blanco con un movimiento elegante y dejándolo caer sobre una de las bancas de madera—. Mi viaje a Europa no fue para revisar los viñedos, Mateo. Fue para comprar la deuda subordinada de tu propia compañía.
Mateo abrió la boca, pero no pudo articular ninguna palabra. La magnitud del golpe lo dejó paralizado.
—A partir de hoy —concluyó Elena, mirándolo directamente a los ojos con una frialdad implacable—, no solo estás en la quiebra. Trabajas para mí. Soy la acreedora mayoritaria de todos tus bienes, tu casa, y la firma de tu padre. Nos veremos mañana a las ocho de la mañana en mi oficina para discutir las condiciones de tu liquidación. Y no llegues tarde.
Elena se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo central de la iglesia. El sonido de sus tacones resonaba con fuerza contra el suelo, marcando el ritmo de una victoria absoluta. Su padre la acompañó a su lado, dejando atrás el caos, los gritos desesperados de Mateo exigiendo una explicación a su abogado y los intentos inútiles de Sofía por eludir a las autoridades que la esperaban en la puerta.
Al salir a la escalinata del templo, el sol de la tarde bañó el rostro de Elena. Se quitó los guantes de encaje, los arrojó al bote de basura más cercano y subió al asiento trasero del automóvil negro que la esperaba con la puerta abierta.
Cuando el vehículo arrancó alejándose de la iglesia, Elena sacó su teléfono personal y realizó una última llamada.
—¿Hola? —dijo la voz al otro lado de la línea. —El plan salió a la perfección —contestó Elena, observando la ciudad a través del cristal polarizado—. La empresa es nuestra. Preparen la reunión de la junta para mañana por la mañana. Esto apenas comienza.