El precio del azúcar

La taza de porcelana chocó contra el plato de plata con un tintineo seco y metálico. Don Alfonso de la Torre dejó el periódico arrugado sobre la mesa de mármol, sus nudillos blancos apretando la madera del sillón antes de ponerse de pie. El aire dentro del salón de la pastelería Patricia parecía haber sido succionado por un abismo instantáneo. A su alrededor, los camareros, emparejados tras los mostradores de cristal con sus uniformes impolutos, se congelaron como estatuas de sal.

—Hoy es el cumpleaños de mi hijo… —susurró Lucía, sosteniendo con los brazos temblorosos al pequeño que ocultaba el rostro húmedo en su cuello. La gabardina deshilachada de la mujer chorreaba humedad sobre el suelo brillante.

Alfonso ajustó el botón de su chaleco azul marino. Miró a la mujer, luego al niño de rizos dorados que sollozaba en silencio, y finalmente a la dependienta que, a dos metros de distancia, dudaba entre sostener una bandeja de crema o llamar al guardia de seguridad de la entrada.

—Treinta segundos —dijo Alfonso. Su voz no era elevada, pero poseía la densidad del plomo—. Tienen treinta segundos para retirarse antes de que haga que la expulsen no solo de este establecimiento, sino de toda la avenida.

—No vengo a pedirte dinero, Alfonso —respondió Lucía, dando un paso adelante a pesar de que los guardias de la puerta ya comenzaban a avanzar—. Vengo a que lo mires. Hoy cumple cuatro años. Cuatro años en los que has pretendido que la noche de la tormenta en el viñedo jamás existió. Cuatro años pagando el silencio de las comadronas de la comarca.

El niño, sintiendo la tensión, despegó la mejilla del abrigo de su madre. Sus ojos, grandes y claros, eran una copia exacta, indudable y cruel de los ojos de la dinastía De la Torre. Los empleados contenidos tras el mostrador ahogaron un murmullo colectivo. La verdad acababa de estrellarse contra el escaparate de la pastelería más lujosa de la capital.

Alfonso caminó despacio hacia ellos. Sacó de su bolsillo interior una petaca de plata y un pañuelo de seda. Sin mirar a Lucía, se agachó levemente a la altura del pequeño.

—¿Cómo te llamas, niño? —preguntó.

—Mateo —interrumpió Lucía con firmeza—. Se llama Mateo. Y no te tiene miedo.

Alfonso sonrió con una frialdad calculada, una mueca que no tocó sus ojos. Se puso de pie, dio la espalda a la mujer y miró al encargado del local, que sudaba copiosamente tras la vitrina de las tartas de fresa.

—Roberto —ordenó Alfonso—. Prepara la tarta más grande que tengas. Empácala en la caja de terciopelo. Y añade una docena de los pastelillos de almendra.

El encargado parpadeó, confundido, pero corrió a acatar la orden. Lucía dio un paso atrás, desconfiada, apretando a Mateo contra su pecho.

—No quiero tus sobras ni tu caridad, Alfonso. Vine a que dejes de firmar las órdenes de desahucio sobre nuestra casa en el barrio bajo. Vine a que nos devuelvas la dignidad.

—La dignidad no se come, Lucía, ni paga la renta —dijo él, volviéndose hacia ella con las manos metidas en los bolsillos del pantalón perfectly planchado—. Sabes perfectamente por qué ocurrió lo de hace cuatro años. Sabes que mi padre habría destruido a tu familia si yo hubiera aceptado esa paternidad en público. Este apellido sostiene empleos, propiedades, empresas de exportación… no puede arrastrarse por un romance de verano con la hija de un capataz.

—Tu padre murió hace dos meses —le recordó ella, con los ojos ardientes de lágrimas, pero con la voz llena de un veneno antiguo—. Ya no hay nadie a quien rendirle cuentas. Solo a tu propia conciencia.

Alfonso guardó silencio por un segundo. El bullicio de la calle parecía apagado tras los gruesos cristales del local. El encargado regresó precipitadamente con un paquete monumental, envuelto en papel dorado y atado con un lazo de seda borgoña. Lo depositó sobre la mesa de mármol, junto a la taza de café a medio terminar.

Alfonso metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un tintero de cristal de roca y un pequeño libro de cheques. Firmó una cifra con trazos rápidos y precisos, desprendió el papel y lo colocó junto al lazo del regalo.

—Ahí tienes la propiedad del terreno donde vives. La casa ya no está bajo orden de embargo. El cheque cubrirá su educación hasta que cumpla los dieciocho años.

Lucía miró el papel sobre la mesa y luego a Alfonso. En lugar de alivio, una amargura profunda le cruzó el rostro.

—¿Eso es todo para ti? ¿Un trozo de papel firmando tu ausencia?

—Es todo lo que un hombre en mi posición puede ofrecer sin destruirlo todo —respondió él, dándole la espalda definitivamente y tomando su abrigo del perchero de latón—. Tomen el pastel. Es el cumpleaños del niño, después de todo.

Alfonso caminó hacia la salida. Los empleados abrieron paso en silencio, bajando la cabeza. El cristal de la puerta principal sonó con un suave campanilleo al cerrarse tras su paso.

Lucía se quedó sola en el centro de la pastelería. Miró a los empleados, que la observaban con una mezcla de lástima y morbo, y luego fijó la mirada en la tarta dorada sobre la mesa de mármol. El pequeño Mateo alargó la mano, curioso por el brillo del lazo.

Ella caminó despacio hacia la mesa. Con una mano tomó el certificado de propiedad y el cheque, guardándolos en el interior de su gastada gabardina. Luego, tomó la tarta envuelta en papel de seda y miró al encargado.

—Dígale a su jefe —dijo con la voz serena, limpia de lágrimas— que el dinero paga la tierra, pero la sangre siempre reclama su lugar.

Dio media vuelta y salió a la lluvia. En medio de la calle mojada, el niño miró sobre el hombro de su madre hacia la elegante figura de Alfonso de la Torre, que subía a un automóvil negro a unos metros de distancia. El hombre se detuvo un segundo antes de entrar al vehículo, cruzó la mirada con el pequeño a través del cristal de la lluvia, y cerró la puerta.

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