El murmullo de la lluvia sobre los adoquines de la ciudad se volvió insignificante comparado con el estruendo que retumbó en el pecho de Julian. Un solo «No» —seco, inocente y directo— pronunciado por la pequeña niña de cárdigan verde bastó para fracturar la realidad que él había arrastrado durante los últimos tres años.
Julian miró la fotografía que sostenían entre sus dedos. Los bordes gastados, la imagen en blanco y negro de la mujer que amaba: Clara. Recordaba el frío mármol de la tumba, el ataúd descendiendo bajo un cielo idéntico al de hoy, el certificado de defunción firmado por los médicos de la clínica periférica. Recordaba cada detalle del duelo que lo había dejado hueco por dentro.
—¿Cómo que «no»? —logró articular Julian, con la voz quebrada y la lluvia escurriendo por sus mejillas mezclándose con lágrimas heladas—. Pequeña… esta mujer, ella… ella falleció. Yo estuve allí.
La niña sacudió la cabeza con la terquedad infantil que no conoce de mentiras complejas. Tenía los ojos claros, dilatados por la curiosidad más que por el miedo.
—Se fue esta mañana —dijo la niña, señalando hacia el final de la calle adoquinada, donde la niebla empezaba a devorar la silueta de los edificios decimonónicos—. Me dijo que guardara esto en mi bolsillo hasta que te viera pasar. Dijo que reconocerías tus propios pasos.
Julian sintió un vértigo violento. Miró de nuevo el retrato. No era solo una foto antigua de su esposa; al darle la vuelta con los dedos temblorosos, notó algo que no estaba ahí cuando la guardaba en el dobladillo de su saco. Un trazo fresco de tinta, resistiendo a las gotas de agua: «El reloj del puente no se ha detenido. Ven solo.»
El corazón de Julian latió contra sus costillas con la fuerza de un animal atrapado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, sujetando suavemente los hombros de la niña. —Elisa —respondió ella. —Elisa… ¿quién te dio esta foto? Descríbemela. Por favor.
—Una señora con un abrigo oscuro. Olía a lavanda y a humo de pipa —dijo la niña, mirando fijamente la foto—. Tenía la misma marca cerca del ojo que la mujer de la foto. Me dio una moneda de cobre para que te la entregara.
Clara tenía una pequeña cicatriz con forma de media luna junto a la sien izquierda, fruto de un accidente de infancia. Julian se levantó bruscamente, sintiendo que sus piernas de golpe pesaban un quintal. El mundo a su alrededor —las carretas a lo lejos, la gente apresurada bajo sus paraguas negros, los reflejos metálicos del agua sobre la piedra— parecía una escenografía a punto de desmoronarse.
El secreto de la clínica Saint-Jude
Julian no fue directamente al puente. El miedo y la prudencia acumulados tras años de conspiraciones políticas y pérdidas desgarradoras le enseñaron a no caer en trampas. Primero necesitaba una respuesta: si la mujer que enterró no era Clara, ¿a quién le había llorado durante mil noches?
Se encaminó hacia el viejo distrito donde se erigía la clínica Saint-Jude, el sanatorio privado donde Clara había pasado sus últimos días combatiendo una fiebre consumitiva inexplicable. Llovía con más fuerza cuando cruzó el portón de hierro forjado.
El Doctor Moreau, ya anciano y de vista cansada, se sorprendió al ver entrar a Julian empapado y con el rostro desencajado.
—Señor Julian… ¿qué ocurre? Ha pasado mucho tiempo desde— —¿Quién está en la tumba de mi esposa, Moreau? —interrumpió Julian, apoyando ambas manos sobre el escritorio de caoba con una violencia contenida.
El doctor palideció. Sus ojos revolotearon hacia la puerta del archivo antes de fijarse de nuevo en Julian.
—No sé de qué me habla. La Sra. Clara falleció de— —¡No me mienta! —rugió Julian, sacando la foto mojada y estampándola contra la mesa—. ¡La vieron hoy! ¡En este mismo distrito! Me envió un mensaje. Diga la verdad o le juro por la memoria de mi familia que la policía no será la única que cruce esa puerta hoy.
El médico se hundió en su sillón. El silencio en la oficina solo era roto por el repiqueteo incesante de las gotas contra el cristal de la ventana.
—No tuve elección, Julian —susurró Moreau, con la voz llena de una vergüenza añeja—. Cuando vinieron por ella… los hombres del Ministerio… trajeron una orden firmada por el propio Gabinete. Ella no estaba enferma. La estaban envenenando lentamente para simular su muerte. Si yo no colaboraba haciendo pasar el cadáver de una indigente por el suyo, mi familia habría pagado el precio.
Julian sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones.
—¿El Ministerio? ¿Por qué Clara? Ella solo era una archivista… —Ella encontró los registros de la expedición del ’42 —confesó el doctor, bajando la mirada—. Los nombres de las personas que financiaron el tráfico de patentes y las ejecuciones en la frontera. Tu esposa no era solo una archivista, Julian; era la única persona con las pruebas para hundir al Ministro Vane. Ella aceptó desaparecer para salvarte la vida a ti. Si sabías que estaba viva, te habrían matado a los dos.
El puente de las tres arcas
La verdad cayó sobre Julian como un hacha. Todo este tiempo, su dolor había sido el escudo que protegía la vida de Clara. Su duelo público, su decadencia visible ante la sociedad, habían convencido al Ministro Vane de que el secreto de Clara había muerto con ella.
Pero ahora, el reloj había vuelto a ponerse en marcha. Algo había cambiado.
Eran pasadas las seis de la tarde cuando Julian llegó al Puente de las Tres Arcas. La niebla que subía del río era tan densa que apenas se distinguían las farolas de gas, proyectando un brillo fantasmal sobre las aguas turbias. El viejo reloj monumental de la torre sur del puente, averiado desde hacía una década, emitía un crujido metálico: sus agujas, milagrosamente, volvían a avanzar.
Julian caminó despacio por el centro del puente. El sonido de sus botas contra las maderas húmedas resonaba en el vacío.
—Llegas tarde, Julian —dijo una voz desde la penumbra de una de las hornacinas de piedra.
La voz era más grave, desgastada por los años de sombra y frío, pero inconfundible. Julian se detuvo en seco. De la oscuridad emergió una figura envuelta en un capote oscuro. Llevaba el sombrero calado, pero al alzar la vista bajo la luz tenue de una farola, la luz reveló la cicatriz en forma de media luna.
—Clara… —musitó él, dando un paso tambaleante.
—No te acerques demasiado aún —dijo ella, alzando una mano con guante de piel. Su rostro mostraba el paso de tres años de fuga, ojeras marcadas, pero sus ojos guardaban el mismo fuego indomable—. Si nos ven juntos antes de medianoche, todo lo que sacrificamos no habrá servido de nada.
—Pensé que te había perdido… te lloré cada día, Clara. Estuve a punto de volverme loco.
Un destello de dolor cruzó la mirada de Clara, pero se mantuvo firme.
—Lo sé. Y me rompió el corazón verte desde la distancia aquel día en el cementerio. Pero Vane tenía espías en cada esquina. Tu dolor fue mi salvoconducto. Si hubieras dudado un solo segundo, nos habrían cazado a ambos.
—¿Por qué ahora? —preguntó Julian, luchando por contener las lágrimas—. ¿Por qué enviar a esa niña?
—Porque Vane va a ser nombrado Primer Canciller mañana por la mañana. Si toma el juramento, tendrá inmunidad absoluta y acceso a los archivos nacionales para borrar toda prueba de manera definitiva. Esta noche es nuestra única oportunidad para entregar las actas originales a la prensa clandestina y al fiscal supremo. Pero necesito a alguien en quien confíe ciegamente para entrar a la bóveda del Archivo Central. Alguien que conozca las combinaciones y a quien nadie sospeche ver rondando por allí a estas horas.
Julian sonrió amargamente, secándose la lluvia del rostro. El hombre destrozado que caminaba sin rumbo por la calle horas atrás había desaparecido. En su lugar, resurgió el hombre decidido que Clara había enamorado años atrás.
—¿El Archivo Central? Todavía conservo las llaves de mi antiguo despacho —dijo Julian, dando un paso definitivo hacia ella y rompiendo la distancia para tomar su mano entumecida—. Y me conozco cada rincón de ese edificio de memoria.
Clara apretó su mano con fuerza, sintiendo el calor que le había faltado durante tres largos años de clandestinidad.
—Entonces el tiempo empieza a correr ahora —dijo ella, sacando de su manto un pequeño plano doblado y un manojo de herramientas de cerrajero—. A medianoche, las campanas de la catedral sonarán. Para cuando el sol nazca, o recuperamos nuestra vida juntos… o seremos sombras para siempre.
Bajo la lluvia incesante y frente al viejo reloj que volvía a marcar el segundo a segundo, Julian y Clara echaron a andar juntos por las oscuras callejuelas de la ciudad, dispuestos a desafiar al destino que intentó separarlos.