El agua de la piscina aún vibraba tras la humillación, reflejando el azul impecable del cielo sobre la mansión de Valle de Bravo. El aire caliente de la tarde olía a cloro, champán caro y protector solar, pero para Mauricio, el aire se había vuelto irrespirable en cuestión de tres segundos.
Valeria salió del agua con una calma escalofriante. No hubo temblor en sus piernas ni prisa en sus pasos. El traje de baño negro, ceñido y goteando sobre los azulejos importados, parecía ahora la vestimenta de una ejecutiva a punto de cerrar una adquisición hostil. Se retiró el cabello mojado del rostro con un movimiento lento y clavó la mirada en Mauricio.
A su lado, Camila, la joven de bikini blanco que apenas cinco minutos antes se vanagloriaba de haber tomado el control de la situación, mantenía la mano apoyada sobre el brazo de Mauricio. Pero su sonrisa se había congelado. Las otras dos mujeres que observaban desde el borde de la terraza prefirieron dar un paso hacia atrás, intuyendo que la atmósfera había cambiado de manera irrevocable.
—Mañana mismo estás fuera —repitió Valeria, con una voz rasposa por el agua, pero firme como un decreto judicial.
Mauricio dio un paso adelante, intentando recuperar el tono dominante que había perfeccionado durante tres décadas al frente del consorcio inmobiliario.
—Valeria, no hagas un espectáculo ridículo enfrente de las visitas —dijo él, esforzándose por sonreír, aunque el sudor frío ya empezaba a correrle por la nuca—. Estás alterada. Entra a la casa, séate y lo hablamos con calma. Sabes perfectamente que «Grupo Altamira» es mi vida. Tú no sabes manejar esa estructura.
Valeria ni siquiera pestañeó. Se acercó a la mesa de teca donde descansaba su bata de seda blanca y su teléfono personal. Con parsimonia, se envolvió en la prenda y tomó el aparato.
—»Grupo Altamira» no es tu vida, Mauricio —respondió, marcando un número de memoria sin mirar la pantalla—. Es el patrimonio que mi padre fundó y que yo puse a tu nombre representativo mediante un fideicomiso revocable hace veinticinco años, cuando creí que éramos un equipo. Tú fuiste un excelente director operativo, no lo niego. Pero las acciones clase A, las que tienen derecho a voto y control absoluto del consejo, nunca salieron de mi caja fuerte.
Camila miró a Mauricio, esperando una risa burlona o una refutación categórica, pero lo que encontró en el rostro de su amante fue un tono grisáceo. Mauricio abrió la boca para responder, pero la voz de Valeria al teléfono la cortó por completo.
—Guzmán, habla Valeria —dijo ella, activando el altavoz del teléfono para que cada palabra resonara en el jardín—. Ejecuta la cláusula de disolución del fideicomiso familiar por falta de lealtad y conducta deshonrosa. Cancela las firmas autorizadas de Mauricio en las cuentas corporativas a partir de esta noche y programa una asamblea extraordinaria para mañana a las nueve de la mañana. El único punto del día será su remoción definitiva del cargo de consejero delegado.
Al otro lado de la línea, la voz sobria del abogado principal de la familia resonó impecable:
—Comprendido, Sra. Altamira. Los documentos de revocación están listos para su firma digital. En diez minutos las tarjetas corporativas del señor Mauricio quedarán inhabilitadas.
Valeria colgó. El silencio en la piscina era absoluto. El único sonido era el goteo constante del agua cayendo desde la bata de Valeria sobre la madera de la terraza.
—Eso es ilegal —balbuceó Mauricio, dando dos pasos hacia ella, con los puños apretados—. No puedes dejarme en la calle después de tres décadas. ¡Yo levanté esa empresa! ¡Yo negocié los contratos de los desarrollos en Cancún y Los Cabos!
—Y cobraste un sueldo millonario por ello, además de bonos anuales que financiaron, entre otras cosas, esta casa y los viajes con tus acompañantes —contestó Valeria, mirando de reojo a Camila—. Por cierto, la residencia está a nombre de la holding patrimonial. Tienes hasta las doce de la noche para recoger tu ropa personal. A partir de mañana, la seguridad privada de la propiedad no te permitirá el acceso.
Camila soltó el brazo de Mauricio como si la piel del hombre quemara.
—Mauricio… ¿de qué habla esta mujer? —preguntó la joven, con la voz aguda por el desconcierto—. Dijiste que la casa era tuya. Dijiste que el divorcio te dejaría el cincuenta por ciento de todo el grupo.
Mauricio no la escuchó. Su mente trabajaba a mil por hora, repasando desesperadamente los folios del contrato de fideicomiso que había firmado en 1999, confiado en que el amor de Valeria y la complacencia de los años asegurarían su posición para siempre. Había olvidado un detalle fundamental: Valeria no era solo una esposa paciente; era la hija de Joaquín Altamira, un hombre que jamás estructuró un negocio sin una salida de emergencia.
—Valeria, por favor —suplicó Mauricio, dando un paso más, reduciendo su tono a un susurro desesperado que buscaba apelar a la nostalgia—. Treinta años no se tiran a la basura por un exabrupto. Cometí un error, lo admito. Pero no nos destruyas así.
Valeria tomó sus gafas de sol, se las colocó sobre la cabeza y lo miró fijamente a los ojos. No había rabia en su gesto; había algo mucho peor: indiferencia.
—El error no fue tuyo por traicionarme, Mauricio. El error fue mío por asumir que el respeto era mutuo. Dijiste que preferías mujeres más jóvenes. Me parece perfecto. Ahora tendrás todo el tiempo del mundo para disfrutar de tu juventud renovada, sin el peso de una empresa de quinientos empleados sobre tus hombros.
Valeria caminó hacia las escaleras que conducían a la suite principal de la villa. Al llegar al primer escalón, se detuvo y se giró levemente hacia la pareja.
—Ah, Camila —dijo Valeria con tono amable—. Te sugiero que revises si el auto deportivo en el que llegaron sigue encendido. Está a nombre del arrendamiento operativo del grupo. Mañana a primera hora pasa la grúa a recogerlo.
Valeria subió las escaleras sin mirar atrás, dejando tras de sí un rastro de huellas húmedas que el sol de la tarde comenzó a evaporar rápidamente.
En el jardín, la tensión estalló de inmediato. Camila miró a Mauricio con furia contenida, se quitó las sandalias de plataforma y caminó a pasos agigantados hacia la salida, sacando su propio teléfono para pedir un servicio de transporte privado.
—¡Camila, espera! —gritó Mauricio, intentando alcanzarla, pero el temblor en sus manos le impidió ajustar el cordón de su pantalón lino blanco.
Las otras dos invitadas ya se habían retirado discretamente por el pasillo lateral de la propiedad, dejando al hombre completamente solo junto a la piscina.
Mauricio se dejó caer en una de las tumbonas. Miró el agua cristalina, el mismo estanque donde minutos antes se sentía el dueño del mundo, rodeado de lujo y juventud artificial. El teléfono en su bolsillo vibró. Era una notificación de la aplicación bancaria: su tarjeta principal había sido declinada en una transacción automática.
El juego había terminado, y la victoria de Valeria no había necesitado gritos ni violencia; solo había requerido recordar quién había sido siempre la dueña de la mesa.